Como los pájaros que enseñan a hablar

2. Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escrivir, antes temo que han de ser casi todas las mesmas; porque ansí como los pájaros que enseñan a hablar, no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto repiten muchas veces, soy yo al pie de la letra.
Si el Señor quisiere diga algo nuevo, Su Majestad lo dará u será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría, por tenerla tan mala, que me holgaría de atinar a algunas cosas que decían estavan bien dichas, por si se huvieren perdido.
Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza por obediencia quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho.

3. Y ansí comienzo a cumplirla hoy, día de la Santísima Trenidad, año de MDLXXVII, en este monesterio de San Josef del Carmen en Toledo adonde a el presente estoy, sujetándome en todo lo que dijere a el parecer de quien me lo manda escrivir, que son personas de grandes letras. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Teme repetir contenidos sobre los que ya escribió, entre 1562 y 1564, en el Libro de la Vida y en el Camino de perfección. Y aunque, en efecto, en varias ocasiones trate en las Moradas temas ya tocados en estos, unos y otros textos se iluminan entre sí y permiten comprender mejor, hasta donde resulta posible, su experiencia espiritual hecha doctrina. Y el símil del pájaro resulta encantador, en su teresiana frescura, tan afín a la franciscana de las Florecillas.

Ya se hace presente, además, la tan frecuente elipsis característica del estilo de santa Teresa, que da a todos sus escritos ese tono de conversación familiar que es una de sus cifras más representativas y que se convierte —acaso muy a su pesar, o por lo menos de manera muy ajena a su consciencia de escritora— en un recurso estilístico tan eficaz como cautivador: «Su Majestad lo dará u será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría, por tenerla tan mala […]». En el caso siguiente, la elipsis cumple funciones de enlace entre párrafos (algo nada infrecuente en los escritos teresianos): «[…] con cansarme y acrecentar el mal de cabeza por obediencia quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho. Y ansí comienzo a cumplirla hoy […]». También en casos como este último, lo involuntario del recurso estilístico no resta un ápice a su eficacia como tal.

El padre Jerónimo Gracián fue quien le pidió escribiera este nuevo libro, por haberse incautado la Inquisición de los manuscritos de la Vida dos años antes y no haber podido leerlos, y la Santa consultó la iniciativa con su confesor, Alonso Velázquez. De ahí que emplee el plural («que son personas de grandes letras»), aunque luego, en el último apartado del prólogo, se referirá en singular, sin nombrarlo, al verdadero y único impulsor de las Moradas.

Es sabida la importancia que para Teresa de Ahumada tenía el verse rodeada y aconsejada de letrados, no sólo clérigos sino también laicos. Se trata de uno de los hilos conductores de su existencia y, por consiguiente, de su escritura.

P. H. H.

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