En lenguaje de mujeres

4. Si alguna cosa dijere que no vaya conforme a lo que tiene la santa Iglesia Católica Romana, será por ignorancia y no por malicia. Esto se puede tener por cierto y que siempre estoy y estaré sujeta, por la bondad de Dios, y lo he estado a ella. Sea por siempre bendito, amén, y glorificado.

5. Díjome quien me mandó escrivir que, como estas monjas de estos monesterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare y que le parecía que mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y que con el amor que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese, tiene entendido por esta causa será de alguna importancia si se acierta a decir alguna cosa, y por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré.
Y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas, harta merced me hará nuestro Señor si a alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa; y está muy claro que, cuando algo se atinare a decir, entenderán no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor, por su misericordia, no la da. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Tras la habitual y sincera protesta de fidelidad al magisterio de la Iglesia, rematada por la alabanza a Dios mediante otra elipsis, pasa la autora a revelar el contenido del encargo recibido del padre Gracián: declarar —en el sentido de ‘aclarar’, ‘esclarecer’— «algunas dudas de oración» de las carmelitas descalzas, ya que «mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras». Nos hallamos aquí, —aparentemente, al menos— ante una auténtica «literatura de género», escrita por una mujer para uso de otras mujeres; eso sí, impulsada por hombres y por ellos censurada antes de alcanzar a sus destinatarias: díganlo, si no, las tan frecuentes como casi siempre inoportunas tachaduras, adiciones y aclaraciones del bueno de Gracián que jalonan el manuscrito celosamente guardado en el Carmen Descalzo de Sevilla. Y decimos que «aparentemente» porque a nadie se le escapa que, si la Santa Madre es un dechado de sinceridad a la hora de proclamar su fidelidad al magisterio eclesial, es igualmente consciente de que su «espiriencia», aun cuando escrita originaria y principalmente para instrucción de sus hermanas e hijas de hábito, puede resultar provechosa para cualquier creyente, hombre o mujer, que desee profundizar su vida de fe. Semejante consciencia aflora aquí y allá en el texto de las Moradas, sabia y prudentemente recatada bajo cláusulas restrictivas («Y como parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas […]»).

Sin embargo de ello, el hecho de escribir oficialmente para sus compañeras permite y hasta aconseja a la autora una escritura que es, prácticamente, la transposición al papel de una conversación con ellas, llana y confiada: «[…] por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré». Es inútil insistir en que gran parte del encanto del estilo teresiano se debe precisamente a esta llaneza propia del habla familiar, que fluye espontánea bajo su pluma en la inmensa mayoría de sus escritos.

El fin de su obra —y en esto, una vez más, es Teresa sincerísima— no es otro que una mayor alabanza al Señor por parte del lector: «[…] para alabarle un poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa […]».

Creemos que el inciso de la última frase debe leerse e interpretarse así: «[…] pues no hay causa para ello, si no fuere tener yo tan poco entendimiento como habilidad para cosas semejantes […]».

P. H. H.

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