Las almas tullidas

6. Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía u tollido, que aunque tienen pies y manos, no los pueden mandar. Que ansí son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas esteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haver siempre tratado con las savandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. 
Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, ansí como lo quedó la mujer de Lod por volverla. (Moradas del castillo interior, I, 1, 6)

Hay personas que, de puro volcadas en el exterior, «ni parece que pueden entrar dentro de sí» para «poder tener» allí «su conversación no menos que con Dios», pues en esto estriban la oración y la vida interior: en una conversación con Dios que nos habita. Introduce aquí la Santa el «cerco», otro sinónimo de la «ronda», «engaste u cerca» que rodea nuestro castillo interior, es decir del cuerpo concebido exclusivamente en su apariencia física y exterior, y no como parte integrante del único ser humano. Nótese como dentro de la misma frase pasa, al hablar de estas almas, del plural («hay almas tan enfermas») al singular («que ya casi está hecha como ellas»).

Curiosa y llamativa es la forma con que la autora recurre a la imagen bíblica de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al volver la cabeza a contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gén 19, 26), asimilando a ella a las almas que no la vuelven «hacia sí», o sea que no entran en su castillo interior a través de la oración. No pretende aquí Teresa hacer una exégesis del episodio bíblico, sino simplemente tomar prestada una expresiva imagen del rico repertorio que la Escritura, principalmente a través de la liturgia y de los libros espirituales —aunque nunca hay que olvidar, en la Castilla de su época, la gran aportación de las artes plásticas—, ponía al alcance de sus monjas: y pocas imágenes lograrían expresar la privación o disminución del movimiento implícita en la «perlesía» con tanta elocuencia como la estatua de sal. Además, el empleo teresiano de tan elocuente icono parece coincidir con el que otro libro del Antiguo Testamento hace del episodio del Génesis: en el Libro de la Sabiduría, la estatua de sal en que se convirtió la mujer de Lot «se yergue como monumento al alma incrédula» (10, 7): y no otra cosa parece ser la que, de puro derramada «en el cerco del castillo», acaba ignorando su propio interior.

P. H. H.

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5 comentarios

  1. En la formulación de Teresa, la cuestión del “cerco” no me suena dualista, es decir, entiendo el cerco como lo que rodea y es exterior, pero no necesariamente creo que se refiera al “cuerpo” por oposición al “alma”: todo el hombre se asienta dentro de sí (incluyendo sus sentidos, que son corporales), o todo el hombre se queda en la periferia de sí mismo, entretenido con el mundo, pero siempre es “todo” el hombre, no una parte.
    Así es como lo entiendo habitualmente; sin embargo en la glosa que haces, me parece que aparece la muy habitual tentación moderna del dualismo, es decir, de entender el alma y el cuerpo como dos sustancias enfrentadas, en la cual el cuerpo sería “el exterior”.
    Me da a veces la impresión de que el dualismo moderno (incluyendo la espiritualidad católica posterior al siglo XVII) ha releído, posiblemente de manera inconsciente, toda la tradición anterior en términos dualistas, pero de lo que dicen Teresa, o S. Juan de la +, u otros, no se deduce esa especie de desdén del cuerpo, que no puede participar del gran gozo que estar en el castillo interior.

    1. Te agradezco mucho la dificultad que presentas, y créeme si te digo que nada está más alejado de mi forma de pensar y de lo que pretendía decir aquí que un dualismo que, como sabemos, es completamente ajeno tanto a la más sana antropología como, desde luego, al dato bíblico. No creo pertenecer, en suma, a esa corriente del dualismo moderno al que te refieres; tanto es así, que, atendiendo tu justa inquietud, me he permitido, como verás, reformular la frase sobre el «cerco», precisando lo que entiendo por «cuerpo» en este contexto, en evitación de posibles malentendidos.
      Con todo, no estará quizá de más apuntar que en toda la espiritualidad de la época de nuestros místicos —cuidado: no he dicho la «de nuestros místicos», sino la de su época—, y la posterior hasta prácticamente anteayer, estuvo en gran parte vigente un dualismo de estirpe platónica (adscripción que también hay que tomar con cierta precaución, pero en la que no es ahora el caso de ahondar) que sólo el redescubrimiento de la antropología bíblica, junto con los avances de la filosofía y de la ciencia modernas, ha logrado felizmente desterrar, por mucho que, cíclicamente, vuelva a aflorar esa tentación bajo distintas formas.
      Desde luego, místicos como santa Teresa o san Juan de la Cruz, por mucho que recurran, como era natural, al lenguaje imperante en su tiempo y ambiente, tan insistente en la antinomia cuerpo/alma y en sus derivadas, experimentaron en toda su fuerza y grandeza esa unidad del ser humano a la que justamente te refieres: no hay más que leer los testimonios de sus vivencias espirituales para confirmarlo.
      Gracias, pues, una vez más, por tu fecunda intervención.

  2. Creo que ahora sí lo consigues expresar mejor.

    1. Excelente, Abel. Gracias por confirmármelo.

  3. […] definitivamente la autora seguir tratando de las «almas tullidas», a las que se había referido antes, y recurre al episodio evangélico de la curación del paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5, […]

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