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Quitar la pez del cristal

3. Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma, no pierde su resplandor y hermosura, que siempre está dentro de ella y cosa no puede quitar su hermosura. Mas si sobre un cristal que está a el sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal. 

4. ¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo, entendeos y haved lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez de este cristal? Mirad que si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús, qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles andan los pobres aposentos del castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y mastresalas, ¡con qué ceguedad, con qué mal govierno! En fin, como adonde está plantado el árbol que es el demonio, ¿qué fruto puede dar? (Moradas del castillo interior, I, 2, 3-4)

Llegada a este punto de la descripción de los efectos del pecado en el alma, Teresa cree oportuno deslindar los límites del libre albedrío humano respecto a la presencia de Dios en el alma: en una nueva y feliz transición metafórica, la «fuente» se convierte en «sol resplandeciente» que siempre «está en el centro del alma», «dentro de ella», por lo que nada «puede quitar su hermosura» y resplandor. Recupera, pues, este otro símbolo de la divinidad que ya había empleado en este capítulo (1), junto con el del cristal para representar al alma (podríamos decir que al par de imágenes agua/luz le corresponde el par fuente/sol como su origen respectivo, y el de árbol/espejo-cristal como su contrapartida icónica en el alma). Con el pecado, el ser humano pone «un paño muy negro» o extiende «pez» sobre el cristal de su alma, y por mucho que el sol divino que lo habita «dé en él» —como, en efecto, necesariamente sucede—, impide que la claridad de dicho sol actúe e influya en su vida.

En el siguiente párrafo, la escritora interrumpe su exposición con unos apóstrofes —en un procedimiento habitual en sus obras y que no constituye, desde luego, el menor de sus numerosos encantos— para exhortar directamente a las almas que, «redimidas por la sangre de Jesucristo», no quitan «esta pez de este cristal» de su alma, y para invocar seguidamente a Jesús, como poniéndolo por testigo de los estragos que el apartamiento de esa luz interior causa en los aposentos del castillo del alma, y más concretamente en «los sentidos, que es la gente que vive en ellos», y en «las potencias, que son los alcaides, mayordomos y mastresalas» del mismo.

La propia autora nos desvela aquí la correspondencia de dos elementos metafóricos incluidos en la gran alegoría del castillo: la «gente» que vive en sus aposentos es imagen de los sentidos, y los «alcaides, mayordomos y mastresalas» lo son de las potencias (memoria, entendimiento y voluntad), sin que quepa, a nuestro entender, buscar una correspondencia de cada una de ellas —puestas, a mayor abundamiento, en plural— con estos tres importantes oficios y dignidades, propios de la vida palaciega contemporánea; tripartición a la que recurre, pues, la Santa con afán más acumulativo y amplificativo que simbólico y descriptivo de cada una de sus operaciones. (Por otro lado, conviene apuntar que en Teresa de Jesús, cuyo objetivo, al escribir las Moradas no es, en absoluto, la redacción de un tratado sistemático sobre la oración, son frecuentes los deslizamientos de sentido de una misma imagen o metáfora, según convenga a lo que en cada momento pretende explicar, razón por la que no siempre los significados son unívocos; lo que, si al principio de su lectura puede desconcertar un tanto, bien pronto se convierte en factor enriquecedor, no sólo ya de la apreciación de su portentoso repertorio simbólico, sino también de la comprensión de su elevada doctrina). «Ceguedad» y «mal govierno» —concepto éste harto apropiado para su aplicación a una fortaleza, en la que todo ha de estar perfectamente ordenado con vistas a su defensa— constituyen el fruto necesario del «árbol que es el demonio», equivalente aquí a la fuente «de muy negrísima agua y de muy mal olor» a la que ya se había referido nuestra autora.

Desde el punto de vista estrictamente lingüístico, nótese el uso de «cosa no» con el significado de «no hay cosa que no», es decir como sinónimo de «nada», así como el empleo clásico del indicativo en la subordinada («¿Cómo es posible que […] no procuráis […]?»), en vez del subjuntivo que hoy utilizaríamos.

Pablo Herrero Hernández

Una comparación para entenderse

PRIMERAS MORADAS

CAPÍTULO 1

EN QUE SE TRATA DE LA HERMOSURA Y DIGNIDAD DE NUESTRAS ALMAS, PONE UNA COMPARACIÓN PARA ENTENDERSE, Y DICE LA GANANCIA QUE ES ENTENDERLA Y SABER LAS MERCEDES QUE RECIBIMOS DE DIOS, Y CÓMO LA PUERTA DESTE CASTILLO ES ORACIÓN

1. Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí —porque yo no atinava a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia— se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante u muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites.
Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad, y verdaderamente apenas deven llegar nuestros entendimientos —por agudos que fuesen— a comprehenderla, ansí como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprehender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima. (Moradas del castillo interior, I, 1, 1).

Entra enseguida en materia la autora desde el primer párrafo de su obra, brindándonos de inmediato la «comparación» en la que se basará toda ella. Que esta alegoría o metáfora del alma como un castillo con muchas estancias se le ofrezca a la Santa durante la oración en nada se contradice con el origen bíblico de la misma —fundamentalmente la Ciudad Santa o Nueva Jerusalén del Apocalipsis (21, 2-4. 9-27; 22, 1-5), enriquecida y cruzada con aportaciones veterotestamentarias, paulinas y joánicas que irán aflorando sucesivamente en el texto teresiano— ni con su presencia en tratados espirituales escritos en castellano o vertidos a esta lengua, que Teresa leyó y meditó ampliamente. La gracia construye por regla general a partir de la naturaleza, y en este caso la inspiración sobrenatural debió de extraer, del rico repertorio presente en la memoria de tan gran lectora, la bellísima imagen del castillo precioso de muchos aposentos.

Si la metáfora de la ciudad interior es de origen bíblico, no lo es menos el tema de la inhabitación divina en el alma, basado fundamentalmente, como es sabido, en textos neotestamentarios, principalmente joánicos y paulinos, aun cuando con raíces evidentes en el Antiguo Testamento. Tratado por gran número de Padres de la Iglesia y escritores espirituales, la espiritualidad que de él se deriva tiene en Santa Teresa a uno de sus principales exponentes e impulsores, y a través de ella pasa a alimentar la vivencia y la doctrina de muchas figuras —no sólo carmelitanas—, entre las que descuella modernamente su hija de hábito y de espíritu Isabel de la Trinidad.

Cabe preguntarse por qué, en las Moradas teresianas, la ciudad bíblica se convierte, casi imperceptiblemente, en castillo; y aunque varios pudieron ser los motivos que sugirieron a la santa abulense esta solución concreta, creemos que el principal es ese «rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes» que en su aposento «se deleita». Evidentemente, y más allá de otras consideraciones que habrá ocasión de tratar, la imagen del alma como un castillo resulta, en principio, más apropiada para justificar, en el terreno de lo simbólico, la presencia del Señor como Rey que la habita.

Partiendo de la cita directa de Juan (14, 2) sobre las «muchas moradas» que hay en el cielo, el castillo que es el alma del justo se convierte también —imagen dentro de imagen— en «un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites» a través de la cita indirecta de Proverbios (8, 31: «Mis delicias están con los hijos de los hombres»), es decir en un cielo terrenal y anticipado. Se produce, por lo tanto, un fecundo deslizamiento semántico entre los pares conceptuales moradas/cielo y aposentos/castillo. No debe sorprender este procedimiento de incorporación sucesiva de metáforas, típica del pensamiento y de la escritura de Teresa de Ahumada; metáforas que acuden a veces como en tropel a su pluma, convocadas por la memoria, y que dan como resultado, en lo estético, una asombrosa riqueza de imaginería que se diría muy alejada de la tradicional y tópica sobriedad castellana, y que, en lo espiritual, multiplican fecundamente los accesos de nuestro entendimiento —los portillos, por emplear nosotros también la alegoría del castillo— a la realidad mística, en una especie de lectio divina alimentada siempre por un rico sustrato bíblico.

«[…] nuestros entendimientos […] apenas deven llegar […] a comprehenderla [la hermosura y capacidad del alma], ansí como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza»: puede chocar el razonamiento, tal como se estructura la frase (como si hubiera contradicción en que podamos considerar a Dios, cuando él nos ha hecho a su imagen y semejanza), pero esta última subordinada debe ponerse quizá en relación, más que con lo que la precede directamente, con el primer miembro de la oración: «No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad, […] pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza». Lo mismo dirá, con otras palabras, al final del párrafo: «[…] basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del alma».

Como es sabido, «puesto que» tiene, en el español de la época de Teresa, valor adversativo, y no causal como en la actualidad, por lo que es sinónimo de «aunque».  

P. H. H.

[Entrada actualizada el 16-05-2013]

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