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Un espejo para la humildad

5. Oí una vez a un hombre espiritual, que no se espantava de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. 
Esto es, hijas, de lo que hemos de andar temerosas y lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque, si Él no guarda la ciudad, en vano trabajaremos, pues somos la mesma vanidad. Decía aquella persona que havía sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo: la una, un temor grandísimo de ofenderle, y ansí siempre le andava suplicando no la dejase caer, viendo tan terribles daños; la segunda, un espejo para la humildad, mirando cómo cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas y de este sol que da calor a nuestras obras. Dice que se le representó esto tan claro que, en haciendo alguna cosa buena u viéndola hacer, acudíe a su principio y entendía cómo sin esta ayuda no podíamos nada; y de aquí le procedía ir luego a alabar a Dios y lo más ordinario no se acordar de sí en cosa buena que hiciese.

6. No sería tiempo perdido, hermanas, el que gastásedes en leer esto ni yo en escrivirlo, si quedásemos con estas dos cosas que los letrados y entendidos muy bien las saben; mas nuestra torpeza de las mujeres todo lo ha menester, y ansí por ventura quiere el Señor que vengan a nuestra noticia semejantes comparaciones. Plega a su bondad nos dé gracia para ello. (Moradas del castillo interior, I, 2, 5-6)

Recurre la Santa a la autoridad de un no mejor precisado «hombre espiritual», de los muchos que acompañaron en algún momento su camino de perfección, para ponderar el «gran mal» del pecado y las consecuencias que éste acarrea: «males eternos para sin fin». De ahí el temor que hay que tener al pecado y la importancia de la súplica a Dios para que no permita que caigamos en él. Y cita ad sensum el Salmo 126/127, mezclando los dos hemistiquios de su primer versículo, que así reza según la Vulgata: «Nisi Dominus ædificaverit domum, in vanum laboraverunt qui ædificant eam. / Nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam» («Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan quienes la edifican; / si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila su centinela»). A través de esta cita, la imagen bíblica de la ciudad cuyo custodio es el Señor se asocia, implícitamente, a la del castillo interior.

«Temor grandísimo» de ofender a Dios con el pecado y «espejo para la humildad», para tomar conciencia de que toda «cosa buena», hecha por nosotros o por los demás, «no viene su principio de nosotros», sino de Dios: estas «dos cosas» son el fruto que «aquella persona» sacó «de la merced que Dios le hizo»; naturalmente, no se trata —como en un primer momento podría dar a pensar la cercanía en el discurso— del «hombre espiritual» al que acaba de referirse, sino de esa «persona a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedava un alma cuando pecava mortalmente» a la que había aludido arriba (2), y que no es otra que la propia Teresa. Nótese la imagen del «espejo para la humildad» —afín a la del cristal con el que acaba de significar al alma (3)— con que se refiere aquí a la toma de conciencia de que el origen de toda buena acción propia o ajena reside en «esta fuente donde está plantado este árbol de nuestras almas y de este sol que da calor a nuestras obras». Recupera, pues, la mística escritora el doble símbolo de la fuente y el sol, referidos a Dios presente en el alma, representada una vez más por el árbol cuyos frutos —las buenas obras— maduran gracias precisamente al calor de la luz divina que la habita.

Termina la Santa este pasaje dando por bueno el tiempo por ella dedicado a escribir «estas dos cosas» y por sus hermanas a leerlas, con tal de que una y otras hayan aprendido a temer ofender a Dios con el pecado y a atribuir justamente a Dios todo bien que hagan o que vean hacer. La hendíadis «letrados y entendidos» aparece aquí —como lo hará en muchas otras ocasiones, más o menos modificada, en los escritos teresianos— en antítesis a las propias monjas en su calidad de mujeres cuya «torpeza […] todo lo ha menester»: de ahí la importancia de «semejantes comparaciones» e imágenes como las que articulan las Moradas, con el fin de que tales realidades de fe «vengan a […] noticia» de las descalzas. Y concluye dirigiéndose al Señor para que les «dé gracia para ello».

Ya en el apartado estilístico, adviértanse la expresiva redundancia «males eternos para sin fin», y el no menos expresivo anacoluto «cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros»; y, en lo lingüístico, la pervivencia de algunas flexiones verbales antiguas (como acudíe, por «acudía», y gastásedes —que a veces se alterna en santa Teresa con la forma equivalente gastáredes—, por «gastaseis») y de la construcción arcaica «se acordar», con el pronombre adelantado al infinitivo en vez de incorporado a él («acordarse»).

Pablo Herrero Hernández

Quitar la pez del cristal

3. Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma, no pierde su resplandor y hermosura, que siempre está dentro de ella y cosa no puede quitar su hermosura. Mas si sobre un cristal que está a el sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal. 

4. ¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo, entendeos y haved lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez de este cristal? Mirad que si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús, qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles andan los pobres aposentos del castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y mastresalas, ¡con qué ceguedad, con qué mal govierno! En fin, como adonde está plantado el árbol que es el demonio, ¿qué fruto puede dar? (Moradas del castillo interior, I, 2, 3-4)

Llegada a este punto de la descripción de los efectos del pecado en el alma, Teresa cree oportuno deslindar los límites del libre albedrío humano respecto a la presencia de Dios en el alma: en una nueva y feliz transición metafórica, la «fuente» se convierte en «sol resplandeciente» que siempre «está en el centro del alma», «dentro de ella», por lo que nada «puede quitar su hermosura» y resplandor. Recupera, pues, este otro símbolo de la divinidad que ya había empleado en este capítulo (1), junto con el del cristal para representar al alma (podríamos decir que al par de imágenes agua/luz le corresponde el par fuente/sol como su origen respectivo, y el de árbol/espejo-cristal como su contrapartida icónica en el alma). Con el pecado, el ser humano pone «un paño muy negro» o extiende «pez» sobre el cristal de su alma, y por mucho que el sol divino que lo habita «dé en él» —como, en efecto, necesariamente sucede—, impide que la claridad de dicho sol actúe e influya en su vida.

En el siguiente párrafo, la escritora interrumpe su exposición con unos apóstrofes —en un procedimiento habitual en sus obras y que no constituye, desde luego, el menor de sus numerosos encantos— para exhortar directamente a las almas que, «redimidas por la sangre de Jesucristo», no quitan «esta pez de este cristal» de su alma, y para invocar seguidamente a Jesús, como poniéndolo por testigo de los estragos que el apartamiento de esa luz interior causa en los aposentos del castillo del alma, y más concretamente en «los sentidos, que es la gente que vive en ellos», y en «las potencias, que son los alcaides, mayordomos y mastresalas» del mismo.

La propia autora nos desvela aquí la correspondencia de dos elementos metafóricos incluidos en la gran alegoría del castillo: la «gente» que vive en sus aposentos es imagen de los sentidos, y los «alcaides, mayordomos y mastresalas» lo son de las potencias (memoria, entendimiento y voluntad), sin que quepa, a nuestro entender, buscar una correspondencia de cada una de ellas —puestas, a mayor abundamiento, en plural— con estos tres importantes oficios y dignidades, propios de la vida palaciega contemporánea; tripartición a la que recurre, pues, la Santa con afán más acumulativo y amplificativo que simbólico y descriptivo de cada una de sus operaciones. (Por otro lado, conviene apuntar que en Teresa de Jesús, cuyo objetivo, al escribir las Moradas no es, en absoluto, la redacción de un tratado sistemático sobre la oración, son frecuentes los deslizamientos de sentido de una misma imagen o metáfora, según convenga a lo que en cada momento pretende explicar, razón por la que no siempre los significados son unívocos; lo que, si al principio de su lectura puede desconcertar un tanto, bien pronto se convierte en factor enriquecedor, no sólo ya de la apreciación de su portentoso repertorio simbólico, sino también de la comprensión de su elevada doctrina). «Ceguedad» y «mal govierno» —concepto éste harto apropiado para su aplicación a una fortaleza, en la que todo ha de estar perfectamente ordenado con vistas a su defensa— constituyen el fruto necesario del «árbol que es el demonio», equivalente aquí a la fuente «de muy negrísima agua y de muy mal olor» a la que ya se había referido nuestra autora.

Desde el punto de vista estrictamente lingüístico, nótese el uso de «cosa no» con el significado de «no hay cosa que no», es decir como sinónimo de «nada», así como el empleo clásico del indicativo en la subordinada («¿Cómo es posible que […] no procuráis […]?»), en vez del subjuntivo que hoy utilizaríamos.

Pablo Herrero Hernández

Perla, árbol, cristal

CAPÍTULO 2

TRATA DE CUÁN FEA COSA ES UN ALMA QUE ESTÁ EN PECADO MORTAL, Y CÓMO QUISO DIOS DAR A ENTENDER ALGO DESTO A UNA PERSONA. TRATA TAMBIÉN ALGO SOBRE EL PROPIO CONOCIMIENTO. ES DE PROVECHO, PORQUE HAY ALGUNOS PUNTOS DE NOTAR. DICE CÓMO SE HAN DE ENTENDER ESTAS MORADAS

1. Antes que pase adelante os quiero decir que consideréis qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mesmas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cai en un pecado mortal. No hay tinieblas más tenebrosas ni cosa tan oscura y negra, que no lo esté mucho más. No queráis más saber de que, con estarse el mesmo Sol que le dava tanto resplandor y hermosura todavía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar de Él, con ser tan capaz de gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol. Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere estando ansí en pecado mortal son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de Él, no puede ser agradable a sus ojos, pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que como es las mesmas tinieblas, ansí la pobre alma queda hecha una mesma tiniebla. (Moradas del castillo interior, I, 2, 1).

Denso de imágenes es este párrafo en el que la Santa Doctora, tras haber señalado en los anteriores la oración como puerta de entrada en el castillo interior, antes de adentrarse en él incorpora nuevas metáforas como otras tantas formas de aludir a dicho castillo: la «perla oriental», el «árbol de vida» y el «cristal».

La imagen de la perla es empleada en los Salmos y en los libros sapienciales del Antiguo Testamento como término de comparación del inmenso valor de la sabiduría (Job 28, 18; Prov 3, 15; 8, 11). Jesús la utiliza como metáfora del Reino (Mt 13, 45), y la nueva Jerusalén del Apocalipsis tiene doce puertas que son otras tantas perlas (21, 21).

El «árbol de vida […] plantado en las mesmas aguas de la vida», amén del que Dios hizo brotar en medio del Edén según el relato del Génesis (2, 9), evoca inmediatamente la célebre imagen con la que el Salmo 1 compara al justo: «Será como un árbol / plantado al borde de la acequia…» (v. 3), o aquélla con la que Jeremías describe al que confía en el Señor: «Será un árbol plantado junto al agua, / que alarga a la corriente sus raíces…» (17, 8).

Por último, la capacidad del alma de «gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol» lleva a pensar en lo que San Juan de la Cruz, acaso muy poco tiempo después de redactarse esta página teresiana, escribiría en la Subida del Monte Carmelo: «Está el rayo de sol dando en una vidriera; si la vidriera tiene algunos velos de manchas o nieblas, no la podrá esclarecer y transformar en su luz totalmente como si estuviera limpia de todas aquellas manchas y sencilla; antes tanto menos la esclarecerá cuanto ella estuviere menos desnuda de aquellos velos y manchas, y tanto más cuanto más limpia estuviere. Y no quedará por el rayo, sino por ella; tanto, que, si ella estuviere limpia y pura del todo, de tal manera la transformará y esclarecerá el rayo, que parecerá el mismo rayo y dará la misma luz que el rayo, aunque, a la verdad, la vidriera, aunque se parece al mismo rayo, tiene su naturaleza distinta del mismo rayo; mas podemos decir que aquella vidriera es rayo o luz por participación. Y así el alma es como esta vidriera, en la cual siempre está embistiendo o, por mejor decir, en ella está morando esta divina luz del ser de Dios por naturaleza, que habemos dicho» (Libro II, cap. 5, 6).

Si a la imagen del alma como árbol le corresponde la del «agua viva» que Jesús anuncia a la Samaritana (Jn 4, 10) —las «aguas vivas de la vida, que es Dios»—, metáfora del Espíritu que reciben quienes creen en él (Jn 7, 37-39), a la del cristal le corresponde la igualmente bíblica del sol como símbolo de la divinidad, y más marcadamente la evangélica de Jesús como «sol que nace de lo alto» (Lc 1, 78) y «luz del mundo» (Jn 8, 12).

Pablo Herrero Hernández

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