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Los arroícos de la fuente

2. Yo sé de una persona a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedava un alma cuando pecava mortalmente. Dice aquella persona que le parece, si lo entendiesen, no sería posible ninguno pecar, aunque se pusiese a mayores travajos que se pueden pensar por huir de las ocasiones; y ansí le dio mucha gana que todos los entendieran. Y ansí os la dé a vosotras, hijas, de rogar mucho a Dios por los que están en este estado, todos hechos una escuridad, y ansí son sus obras. 
Porque ansí como de una fuente muy clara lo son todos los arroícos que salen de ella, como es un alma que está en gracia, que de aquí le vienen ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida adonde el alma está como un árbol plantado en ella, que la frescura y fruto no tuviera si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse y que dé buen fruto; ansí el alma que por su culpa se aparta desta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre de ella es la mesma desventura y suciedad. (Moradas del castillo interior, I, 2, 2)

Prosigue la Santa Doctora, antes de pasar a tratar de las Primeras Moradas, en su descripción del efecto del pecado en el alma humana. Y recurre aquí, para ello, y hablando por humildad en tercera persona, a su propia experiencia, plasmada en la que constituye la n.º 21 de sus Cuentas de conciencia, que se remonta a 1571: «Mostróme también [el Señor] cómo está el alma que está en pecado, sin ningún poder, sino como una persona que estuviese del todo atada y liada y atapado los ojos, que, aunque quiere ver, no puede, ni andar ni oír y en gran escuridad. […] Parecióme que, a entender esto como yo lo vi —que se puede mal decir—, que no era posible querer ninguno perder tanto bien ni estar en tanto mal» (CC 21, 2. 4).

La entrañable imagen de la «fuente de vida», «fuente muy clara», como lo son «todos los arroícos que salen de ella», se corresponde con esas «mesmas aguas de la vida» con las que acaba de aludir, en el apartado anterior, al Dios presente en el centro del alma humana. Los arroícos de esa fuente clara son imagen de las «obras […] agradables a los ojos de Dios y de los hombres», propias del «alma que está en gracia», para representar a la cual recupera Teresa de Ahumada la imagen del «árbol plantado en las mesmas aguas de la vida», a la que acababa de referirse y a cuyos antecedentes bíblicos ya hemos remitido; imagen que desarrolla aquí en un largo inciso —«[…] que la frescura y el fruto no tuviera si no le procediere de allí, que esto la sustenta y hace no secarse y que dé buen fruto»—, en el que subyace, igualmente, la reminiscencia neotestamentaria de los buenos frutos del creyente. Hay, pues, tal vez una inconsciente transición metafórica —muy habitual en el libérrimo y espontáneo fluir del discurso de Teresa de Ahumada— de los arroyuelos de la fuente que es Dios a los frutos del alma plantada en esa misma fuente.

Al contrario, el alma que peca mortalmente «por su culpa se aparta desta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor» —nótese, de paso, el expresivo uso teresiano, tan coloquial, del adverbio muy acompañando a un superlativo absoluto—, de forma que los frutos que de esta planta dimanan no pueden sino ser «la misma desventura y suciedad», y la «pobre alma queda hecha una mesma tiniebla» y, por lo tanto, igual al demonio, que «es las mesmas tinieblas».

«Tinieblas más tenebrosas» —adviértase el precioso pleonasmo etimológico—, «cosa tan oscura y negra», «muy negrísima agua y de muy mal olor»: con todas estas metáforas, visuales unas y olfativa otra, denota aquí santa Teresa las obras del alma que deliberadamente se aparta de la fuente de la vida.

Pablo Herrero Hernández

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