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Artificio celestial interior

7. Son tas escuras de entender estas cosas interiores, que a quien tan poco sabe como yo, forzado havrá de decir muchas cosas superfluas y aun desatinadas, para decir alguna que acierte. Es menester tenga paciencia quien lo leyere, pues yo la tengo para escrivir lo que no sé, que cierto algunas veces tomo el papel como una cosa bova, que ni sé qué decir ni cómo comenzar.
Bien entiendo es cosa importante para vosotras declarar algunas [cosas] interiores como pudiere; porque siempre oímos cuán buena es la oración y tenemos de constitución tenerla tantas horas, y no se nos declara más de lo que podemos nosotras; y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco, digo sobrenatural. Diciéndose y dándose a entender de muchas maneras, sernos ha mucho consuelo considerar este artificio celestial interior tan poco entendido de los mortales aunque vayan muchos por él. Y aunque en otras cosas que he escrito ha dado el Señor algo a entender, entiendo que algunas no las havía entendido, como después acá, en especial de las más dificultosas. El trabajo es que para llegar a ellas —como he dicho— se havrán de decir muchas muy sabidas, porque no puede ser menos para mi rudo ingenio. (Moradas del castillo interior, I, 2, 7)

Alarga y concluye aquí la autora el paréntesis que abriera en el párrafo anterior (6) para motivar tanto su escritura de «estas cosas interiores» como la lectura de ellas por parte de sus hermanas, y pasa a justificar que entre todos esos argumentos forzosamente diga «muchas cosas superfluas y aun desatinadas», por lo oscuras de entender que son para alguien que «tan poco sabe» como ella. El saber al que se refiere aquí la Santa no es, desde luego, la sabiduría interior que el Espíritu comunica al alma a través de su inspiración constante y de la experiencia de la vida de oración, sino el conocimiento que poseen los «letrados y entendidos» a los que acaba de aludir, y más concretamente la capacidad de éstos a la hora de exponer y de explicar las realidades propias de la vida de fe. De esta forma, Teresa confiesa «escrivir lo que no sé», y que «algunas veces» se pone ante el papel sin saber «qué decir ni cómo comenzar»; y al igual que antes declaraba que no era «tiempo perdido» el que gastasen sus monjas en leer su escrito y ella en escribirlas, si así aprendían unas y otra a temer el pecado y a ver en Dios la fuente de todo bien propio y ajeno, invoca aquí, con su habitual y elegante donosura, la paciencia de «quien lo leyere», amparándose en la paciencia que ella misma tiene que ejercer para «escrivir» lo que no sabe, «como una cosa bova».

Entiende, pues, la importancia de «declarar algunas» de estas «cosas interiores»declarar conserva aquí su significado etimológico de «manifestar lo que de suyo estava oculto, obscuro y no entendido» (Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la lengua castellana, o española, [1611], reimpr. de Gabriel de León, Madrid 1674, s. v.)— a sus hijas y hermanas de hábito, ya que, pese a ser éstas conscientes de «cuán buena es la oración» y aunque las Constituciones sometidas por la Santa a la aprobación del padre Rubeo destinen muchas horas a este ejercicio (cf. Constituciones, cap. 1), «declárase poco» acerca de la obra «sobrenatural» del Señor «en un alma». De ahí la necesidad de dar «a entender de muchas maneras» este «artificio celestial interior» para que sea objeto de consideración; artificio no tiene aquí la acepción negativa de «fingimiento» o «disimulo», sino la positiva de «cosa hecha con arte» (Covarrubias, óp. cit., s. v.), y con su curioso y significativo encadenamiento de adjetivos aparentemente antitéticos («celestial interior») designa harto felizmente la obra celestial que Dios lleva a cabo en el hondón del ser que lo busca y adora en su propio castillo interior.

Con un involuntario retruécano en forma de juego de palabras, la Santa se dice consciente de entender ahora mejor algunas de las cosas que el Señor había dado en alguna medida a entender a través de sus escritos anteriores, «especialmente de las más dificultosas». Refiérese aquí, según los comentaristas de la versión que utilizamos, a Vida 15, 12-15 y a Camino de perfección 22, 7-8 y 23. Lo trabajoso de ello es que el «rudo ingenio» de la autora —recuérdese la «torpeza de las mujeres» de la que acaba de hablar (6)— obligará a repetir muchas cosas «ya sabidas». Hechas todas estas salvedades, a partir del siguiente párrafo reanudará Teresa su declaración del castillo interior.

Pueden señalarse, en la vertiente lingüística del texto examinado, el uso adverbial de «forzado», que significa por lo tanto «forzosamente»; las típicas elipsis teresianas («[…] tenga paciencia quien lo leyere, pues yo la tengo para escrivir […]»; «[…] es cosa importante para vosotras declarar algunas interiores […]»); la construcción clásica «sernos ha» por «ha de sernos», así como la recordada redundancia «entender/entiendo/entendido» en la penúltima frase examinada.

Pablo Herrero Hernández

Un espejo para la humildad

5. Oí una vez a un hombre espiritual, que no se espantava de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. 
Esto es, hijas, de lo que hemos de andar temerosas y lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque, si Él no guarda la ciudad, en vano trabajaremos, pues somos la mesma vanidad. Decía aquella persona que havía sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo: la una, un temor grandísimo de ofenderle, y ansí siempre le andava suplicando no la dejase caer, viendo tan terribles daños; la segunda, un espejo para la humildad, mirando cómo cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas y de este sol que da calor a nuestras obras. Dice que se le representó esto tan claro que, en haciendo alguna cosa buena u viéndola hacer, acudíe a su principio y entendía cómo sin esta ayuda no podíamos nada; y de aquí le procedía ir luego a alabar a Dios y lo más ordinario no se acordar de sí en cosa buena que hiciese.

6. No sería tiempo perdido, hermanas, el que gastásedes en leer esto ni yo en escrivirlo, si quedásemos con estas dos cosas que los letrados y entendidos muy bien las saben; mas nuestra torpeza de las mujeres todo lo ha menester, y ansí por ventura quiere el Señor que vengan a nuestra noticia semejantes comparaciones. Plega a su bondad nos dé gracia para ello. (Moradas del castillo interior, I, 2, 5-6)

Recurre la Santa a la autoridad de un no mejor precisado «hombre espiritual», de los muchos que acompañaron en algún momento su camino de perfección, para ponderar el «gran mal» del pecado y las consecuencias que éste acarrea: «males eternos para sin fin». De ahí el temor que hay que tener al pecado y la importancia de la súplica a Dios para que no permita que caigamos en él. Y cita ad sensum el Salmo 126/127, mezclando los dos hemistiquios de su primer versículo, que así reza según la Vulgata: «Nisi Dominus ædificaverit domum, in vanum laboraverunt qui ædificant eam. / Nisi Dominus custodierit civitatem, frustra vigilat qui custodit eam» («Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan quienes la edifican; / si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila su centinela»). A través de esta cita, la imagen bíblica de la ciudad cuyo custodio es el Señor se asocia, implícitamente, a la del castillo interior.

«Temor grandísimo» de ofender a Dios con el pecado y «espejo para la humildad», para tomar conciencia de que toda «cosa buena», hecha por nosotros o por los demás, «no viene su principio de nosotros», sino de Dios: estas «dos cosas» son el fruto que «aquella persona» sacó «de la merced que Dios le hizo»; naturalmente, no se trata —como en un primer momento podría dar a pensar la cercanía en el discurso— del «hombre espiritual» al que acaba de referirse, sino de esa «persona a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedava un alma cuando pecava mortalmente» a la que había aludido arriba (2), y que no es otra que la propia Teresa. Nótese la imagen del «espejo para la humildad» —afín a la del cristal con el que acaba de significar al alma (3)— con que se refiere aquí a la toma de conciencia de que el origen de toda buena acción propia o ajena reside en «esta fuente donde está plantado este árbol de nuestras almas y de este sol que da calor a nuestras obras». Recupera, pues, la mística escritora el doble símbolo de la fuente y el sol, referidos a Dios presente en el alma, representada una vez más por el árbol cuyos frutos —las buenas obras— maduran gracias precisamente al calor de la luz divina que la habita.

Termina la Santa este pasaje dando por bueno el tiempo por ella dedicado a escribir «estas dos cosas» y por sus hermanas a leerlas, con tal de que una y otras hayan aprendido a temer ofender a Dios con el pecado y a atribuir justamente a Dios todo bien que hagan o que vean hacer. La hendíadis «letrados y entendidos» aparece aquí —como lo hará en muchas otras ocasiones, más o menos modificada, en los escritos teresianos— en antítesis a las propias monjas en su calidad de mujeres cuya «torpeza […] todo lo ha menester»: de ahí la importancia de «semejantes comparaciones» e imágenes como las que articulan las Moradas, con el fin de que tales realidades de fe «vengan a […] noticia» de las descalzas. Y concluye dirigiéndose al Señor para que les «dé gracia para ello».

Ya en el apartado estilístico, adviértanse la expresiva redundancia «males eternos para sin fin», y el no menos expresivo anacoluto «cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros»; y, en lo lingüístico, la pervivencia de algunas flexiones verbales antiguas (como acudíe, por «acudía», y gastásedes —que a veces se alterna en santa Teresa con la forma equivalente gastáredes—, por «gastaseis») y de la construcción arcaica «se acordar», con el pronombre adelantado al infinitivo en vez de incorporado a él («acordarse»).

Pablo Herrero Hernández

Las almas muy metidas en el mundo

8. Pues no hablemos con estas almas tullidas, que si no viene el mesmo Señor a mandarlas se levanten, como al que havía treinta años que estava en la piscina, tienen harta mala ventura y gran peligro, sino con otras almas que en fin entran en el castillo. Porque aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y alguna vez —aunque de tarde en tarde— se encomiendan a nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio. Alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos, que como adonde está su tesoro se va allá el corazón, ponen por sí algunas veces de desocuparse, y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas savandijas, que ni le dejan ver la hermosura del castillo ni sosegar; harto hace en haver entrado.

9.  Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de éstas. Havéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender como yo tengo entendido algunas cosas interiores de oración, si no es ansí, y aun plega a el Señor que atine a decir algo; porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay espiriencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que, plega a el Señor, no nos toque por su misericordia. 

Descarta definitivamente la autora seguir tratando de las «almas tullidas», a las que se había referido antes, y recurre al episodio evangélico de la curación del paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5, 1-15) para asegurar que sólo la intervención directa del «mesmo Señor» puede levantarlas para que entren en el castillo interior por la puerta de la oración. En cierta medida, al decir esto, parece contradecir lo que había afirmado unos párrafos antes («Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria…»), pero ha de entenderse que es siempre la inspiración divina la que genera en ellas el conocimiento de su miseria y el afán por salir de ésta; una inspiración a la que pueden libremente responder o sustraerse.

Y pasa Teresa a tratar de otras almas, también «muy metidas en el mundo» (las tullidas estaban «mostradas a estarse en cosas esteriores»), pero que «tienen buenos deseos» y de vez en cuando «se encomiendan al Señor» y «consideran quién son», si bien no muy pormenorizadamente. Atinadamente la Santa les aplica la frase de Jesús a propósito de los ricos y de sus preocupaciones: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 21); pero algunas veces caen la cuenta de que «no van bien» y gracias a este «conocimiento» de sí se esfuerzan por «desocuparse» y dan con la puerta de la oración, entrando así en las «primeras piezas de las bajas», o sea en los aposentos más externos y alejados del centro del castillo. Y aunque con ellas resulte inevitable que entren las «savandijas» de sus mil preocupaciones, «harto hacen en haver entrado».

Aun cuando sus hijas y compañeras, al no vivir en el siglo, no pertenezcan a esta categoría de almas volcadas en mil preocupaciones exteriores, la santa Doctora declara que es pertinente que trate de estas últimas, con el fin de «dar a entender» esas «cosas interiores de oración» que constituyen el motivo de su libro. Y, una vez más, reitera la importancia de la «espiriencia» para comprenderlas.

P. H. H.

La puerta para entrar en el castillo

7. Porque a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labrios. Porque aunque algunas veces sí será [oración] aunque no lleve este cuidado —mas es haviéndole llevado otras—, mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte. Que entre vosotras, hermanas, espero en Su Majestad no la havrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad. (Moradas del castillo interior, I, 1, 7)

Del hecho de que nuestro castillo interior es habitado por Dios se desprende que la puerta que nos permite penetrar en él es la oración, es decir el hablar con él. Poco importa que se trate de oración mental o vocal, con tal de que en ninguna de estas dos modalidades falte la «consideración», es decir el advertir «con quién [se] habla», «lo que [se] pide», «quién es quien pide» y «a quién» lo pide. Estos cuatro puntos de atención se reducen, en realidad, a tres: el orante, el contenido de la oración y el destinatario de ésta.

Ya en Camino de perfección había la Santa recordado a sus hijas la necesidad de considerar quiénes son los dos interlocutores de la oración: «Mas si havéis de estar —como es razón se esté— hablando con tan gran Señor, que es bien estéis mirando con quién habláis y quién sois vos» (22, 1 [Vall.]); «¿Quién puede decir es mal, si comenzamos a rezar las Horas u el rosario, que comience a pensar con quién va a hablar y quién es el el que habla, para ver cómo le ha de tratar?» (22, 3 [Vall.]); «Sí, llegaos a pensar y entender, en llegando, con quién vais a hablar, u con quién estáis hablando» (22, 7 [Vall.]). Y si, para precisar cómo no hay que hablar a «la majestad de Dios», toma prestada aquí Teresa, del mundo que la rodea, la imagen del esclavo, al que su amo habla sin mirar «si dice mal, sino lo que se le viene a la boca» y tiene aprendido «por hacerlo otras veces», en Camino de perfección será el labrador el que proporcione el mismo término de comparación: «Sí, que no hemos de llegar a hablar a un príncipe con el descuido que a un labrador, u como con una pobre como nosotras, que comoquiera que nos hablaren va bien» (ibíd.). (No estará de más recordar, a este respecto, y aunque ello suponga desviarnos un tanto del contenido del párrafo que intentamos glosar, que nuestra santa, hablando de su padre al principio del Libro de la Vida, declara admirativamente: «Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piadad […] aun con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piadad; y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalava como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piadad» (1, 2); por otra parte, el espléndido Epistolario teresiano constituye un testimonio irrefutable de la maestría de Teresa de Ahumada a la hora de dirigirse a toda clase de personas —desde la «sacra católica cesárea real majestad del rey nuestro señor Felipe II» (Carta 51) hasta Alonso Venegrilla, rentero de Gotarrendura (Carta 1)— hablando a cada una de ellas con las fórmulas que le correspondía según los estrictos cánones de la época y, sobre todo, con el lenguaje propio de su interlocutor).

En resumidas cuentas, si, unos párrafos antes, Teresa había definido «bestialidad» el no procurar saber «qué cosa somos», aquí emplea el mismo término para calificar la actitud de quien, al dirigirse en la oración al Dios que lo habita, «no advierte con quién habla».

En el ya citado capítulo de Camino de perfección, también había despejado la Santa las dudas acerca de la relación entre oración vocal y mental: «Sabed, hijas, que no está la falta para ser u no ser oración mental en tener cerrada la boca; si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que en las palabras que digo, junto está oración mental y vocal» (22, 1 [Vall.]); «Yo he de poner siempre junta oración mental con la vocal» (22, 3 [Vall.]). En el presente pasaje de las Moradas del castillo interior, deja sin embargo la santa Doctora un resquicio para algunos casos en que la oración vocal, acompañada de la correspondiente consideración o atención a lo que se está diciendo, desemboca, previsiblemente mediante un ejercicio continuado y habitual y, por lo tanto, interiorizado, en una oración que no precisa ya de ese «cuidado»: se trata, verosímilmente, de un tipo de oración asimilable a la plegaria hesicasta de la Oración de Jesús, difundida en Occidente principalmente a través de los Relatos de un peregrino ruso.

P. H. H.

Las almas tullidas

6. Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía u tollido, que aunque tienen pies y manos, no los pueden mandar. Que ansí son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas esteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haver siempre tratado con las savandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. 
Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, ansí como lo quedó la mujer de Lod por volverla. (Moradas del castillo interior, I, 1, 6)

Hay personas que, de puro volcadas en el exterior, «ni parece que pueden entrar dentro de sí» para «poder tener» allí «su conversación no menos que con Dios», pues en esto estriban la oración y la vida interior: en una conversación con Dios que nos habita. Introduce aquí la Santa el «cerco», otro sinónimo de la «ronda», «engaste u cerca» que rodea nuestro castillo interior, es decir del cuerpo concebido exclusivamente en su apariencia física y exterior, y no como parte integrante del único ser humano. Nótese como dentro de la misma frase pasa, al hablar de estas almas, del plural («hay almas tan enfermas») al singular («que ya casi está hecha como ellas»).

Curiosa y llamativa es la forma con que la autora recurre a la imagen bíblica de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al volver la cabeza a contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gén 19, 26), asimilando a ella a las almas que no la vuelven «hacia sí», o sea que no entran en su castillo interior a través de la oración. No pretende aquí Teresa hacer una exégesis del episodio bíblico, sino simplemente tomar prestada una expresiva imagen del rico repertorio que la Escritura, principalmente a través de la liturgia y de los libros espirituales —aunque nunca hay que olvidar, en la Castilla de su época, la gran aportación de las artes plásticas—, ponía al alcance de sus monjas: y pocas imágenes lograrían expresar la privación o disminución del movimiento implícita en la «perlesía» con tanta elocuencia como la estatua de sal. Además, el empleo teresiano de tan elocuente icono parece coincidir con el que otro libro del Antiguo Testamento hace del episodio del Génesis: en el Libro de la Sabiduría, la estatua de sal en que se convirtió la mujer de Lot «se yergue como monumento al alma incrédula» (10, 7): y no otra cosa parece ser la que, de puro derramada «en el cerco del castillo», acaba ignorando su propio interior.

P. H. H.

Va mucho de estar a estar

5. Pues tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podemos entrar en él. Parece que digo algún disbarate; porque si este castillo es el ánima, claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mesmo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. 
Mas havéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo —que es adonde están los que le guardan— y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. Ya havréis oído en algunos libros de oración aconsejar a el alma que entre dentro de sí; pues esto mesmo es. (Moradas del castillo interior, I, 1, 5)

Da un paso más la insigne autora en la explicación de su doctrina sobre la oración y despeja la aparente contradicción del consejo de entrar uno en sí mismo, distinguiendo entre un estar del alma «en la ronda del castillo» (o sea en su exterior, lo que antes llamó «engaste u cerca», donde ejercen de centinelas —como dirá más adelante— los sentidos), y un estar en su interior, entrando «dentro de sí» a través de la oración.

Por decenas podrían invocarse los textos patrísticos y espirituales, accesibles a Teresa y a sus hermanas a través de los recordados «libros de oración», en los que se aconseja «a el alma que entre dentro de sí»; varios de ellos pertenecen a san Agustín, como el célebre «Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo» (Confesiones, X, 27, 38) y el no menos recordado «No quieras derramarte fuera; entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad» (De vera religione, 39, 78).

P. H. H.

[Entrada actualizada el 30-05-2013]

En lenguaje de mujeres

4. Si alguna cosa dijere que no vaya conforme a lo que tiene la santa Iglesia Católica Romana, será por ignorancia y no por malicia. Esto se puede tener por cierto y que siempre estoy y estaré sujeta, por la bondad de Dios, y lo he estado a ella. Sea por siempre bendito, amén, y glorificado.

5. Díjome quien me mandó escrivir que, como estas monjas de estos monesterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare y que le parecía que mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y que con el amor que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese, tiene entendido por esta causa será de alguna importancia si se acierta a decir alguna cosa, y por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré.
Y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas, harta merced me hará nuestro Señor si a alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa; y está muy claro que, cuando algo se atinare a decir, entenderán no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor, por su misericordia, no la da. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Tras la habitual y sincera protesta de fidelidad al magisterio de la Iglesia, rematada por la alabanza a Dios mediante otra elipsis, pasa la autora a revelar el contenido del encargo recibido del padre Gracián: declarar —en el sentido de ‘aclarar’, ‘esclarecer’— «algunas dudas de oración» de las carmelitas descalzas, ya que «mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras». Nos hallamos aquí, —aparentemente, al menos— ante una auténtica «literatura de género», escrita por una mujer para uso de otras mujeres; eso sí, impulsada por hombres y por ellos censurada antes de alcanzar a sus destinatarias: díganlo, si no, las tan frecuentes como casi siempre inoportunas tachaduras, adiciones y aclaraciones del bueno de Gracián que jalonan el manuscrito celosamente guardado en el Carmen Descalzo de Sevilla. Y decimos que «aparentemente» porque a nadie se le escapa que, si la Santa Madre es un dechado de sinceridad a la hora de proclamar su fidelidad al magisterio eclesial, es igualmente consciente de que su «espiriencia», aun cuando escrita originaria y principalmente para instrucción de sus hermanas e hijas de hábito, puede resultar provechosa para cualquier creyente, hombre o mujer, que desee profundizar su vida de fe. Semejante consciencia aflora aquí y allá en el texto de las Moradas, sabia y prudentemente recatada bajo cláusulas restrictivas («Y como parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas […]»).

Sin embargo de ello, el hecho de escribir oficialmente para sus compañeras permite y hasta aconseja a la autora una escritura que es, prácticamente, la transposición al papel de una conversación con ellas, llana y confiada: «[…] por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré». Es inútil insistir en que gran parte del encanto del estilo teresiano se debe precisamente a esta llaneza propia del habla familiar, que fluye espontánea bajo su pluma en la inmensa mayoría de sus escritos.

El fin de su obra —y en esto, una vez más, es Teresa sincerísima— no es otro que una mayor alabanza al Señor por parte del lector: «[…] para alabarle un poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa […]».

Creemos que el inciso de la última frase debe leerse e interpretarse así: «[…] pues no hay causa para ello, si no fuere tener yo tan poco entendimiento como habilidad para cosas semejantes […]».

P. H. H.

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