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Entender las mercedes de Dios y sus diferencias

2. No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos ni sepamos quién somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra?
Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotras cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y ansí, a bulto, porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos almas; más qué bienes puede haver en esta alma u quién está dentro en esta alma u el gran valor de ella, pocas veces los consideramos, y ansí se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura; todo se nos va en la grosería del engaste u cerca de este castillo, que son estos cuerpos.

3. Pues consideremos que este castillo tiene —como he dicho— muchas moradas, unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados, y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.
Es menester que va[yá]is advertidas a esta comparación; quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas y las diferencias que hay en ellas, hasta donde yo huviere entendido que es posible (que todas será imposible entenderlas nadie, sigún son muchas, cuánto más quien es tan ruin como yo), porque os será gran consuelo, cuando el Señor os las hiciere, saber que es posible, y a quien no, para alabar su gran bondad. Que ansí como no nos hace daño considerar las cosas que hay en el cielo y lo que gozan los bienaventurados, antes nos alegramos y procuramos alcanzar lo que ellos gozan, tampoco nos hará [daño] ver que es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor, y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa.
Tengo por cierto que, a quien hiciere daño entender que es posible hacer Dios esta merced en este destierro, que estará muy falta de humildad y del amor del prójimo; porque si esto no es, ¿cómo nos podemos dejar de holgar de que haga Dios estas mercedes a un hermano nuestro, pues no impide para hacérnoslas a nosotras y [cómo nos podemos dejar de holgar] de que Su Majestad dé a entender sus grandezas, sea en quien fuere? Que algunas veces será sólo para mostrarlas, como dijo del ciego que dio vista, cuando le preguntaron los apóstoles si era por sus pecados u de sus padres. Y ansí acaece no las hacer por ser más santos [aquéllos] a quien las hace que a los que no, sino por que se conozca su grandeza —como vemos en san Pablo y la Magdalena— y para que nosotros le alabemos en sus criaturas. 

4. Podráse decir que parecen cosas imposibles y que es bien no escandalizar los flacos. Menos se pierde en que ellos no lo crean, que no en que se dejen de aprovechar [aquéllos] a los que Dios las hace, y se regalarán y despertarán a más amar a quien hace tantas misericordias siendo tan grande su poder y majestad; cuánto más que sé que hablo con quien no havrá este peligro, porque saben y creen que hace Dios aún muy mayores muestras de amor. Yo sé que quien esto no creyere no lo verá por espiriencia; porque es muy amigo de que no pongan tasa a sus obras, y ansí, hermanas, jamás os acaezca a las que el Señor no llevare por este camino. (Moradas del castillo interior, I, 1, 2-4).

Tras presentar y proponer la alegoría e imagen del castillo como «comparación para entenderse», pasa la autora a desembarazar de obstáculos el camino recién iniciado, antes de profundizar en él. En primer lugar, intenta desterrar la ignorancia o el descuido con que solemos considerar el alma respecto al cuerpo, y más señaladamente el desconocimiento de «quien está dentro de esta alma», es decir del Señor que la habita. Y en este intento nos suministra otro elemento más de la alegoría del castillo interior: el «engaste u cerca» del mismo, que no es otro que el cuerpo, el ser físico. Este nuevo elemento viene, así, a añadirse a los aposentos o moradas del castillo a los que acaba de referirse (que de ambas maneras los llama, prevaleciendo al final claramente este último término hasta convertirse en el que marca la estructura misma de la obra y en el que figura en su título).

Basándose precisamente en las «muchas moradas» que tiene el castillo interior, procura Teresa quitar otro obstáculo que puede estorbar el camino de la oración: la incredulidad en la comunicación de Dios con el ser humano. Para ello insiste la Santa, haciendo hincapié en su propia experiencia, en la posibilidad en que cada uno está de recibir diferentes mercedes del Señor en la oración, con independencia del propio mérito o santidad, por pura gratuidad de la misericordia de Dios y para que «se conozca su grandeza», como sucede en el ciego de nacimiento (Jn 9, 2), en san Pablo y en la Magdalena.

P. H. H.   

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