Una comparación para entenderse

PRIMERAS MORADAS

CAPÍTULO 1

EN QUE SE TRATA DE LA HERMOSURA Y DIGNIDAD DE NUESTRAS ALMAS, PONE UNA COMPARACIÓN PARA ENTENDERSE, Y DICE LA GANANCIA QUE ES ENTENDERLA Y SABER LAS MERCEDES QUE RECIBIMOS DE DIOS, Y CÓMO LA PUERTA DESTE CASTILLO ES ORACIÓN

1. Estando hoy suplicando a nuestro Señor hablase por mí —porque yo no atinava a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia— se me ofreció lo que ahora diré para comenzar con algún fundamento, que es considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante u muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites.
Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad, y verdaderamente apenas deven llegar nuestros entendimientos —por agudos que fuesen— a comprehenderla, ansí como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprehender la hermosura de este castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del ánima. (Moradas del castillo interior, I, 1, 1).

Entra enseguida en materia la autora desde el primer párrafo de su obra, brindándonos de inmediato la «comparación» en la que se basará toda ella. Que esta alegoría o metáfora del alma como un castillo con muchas estancias se le ofrezca a la Santa durante la oración en nada se contradice con el origen bíblico de la misma —fundamentalmente la Ciudad Santa o Nueva Jerusalén del Apocalipsis (21, 2-4. 9-27; 22, 1-5), enriquecida y cruzada con aportaciones veterotestamentarias, paulinas y joánicas que irán aflorando sucesivamente en el texto teresiano— ni con su presencia en tratados espirituales escritos en castellano o vertidos a esta lengua, que Teresa leyó y meditó ampliamente. La gracia construye por regla general a partir de la naturaleza, y en este caso la inspiración sobrenatural debió de extraer, del rico repertorio presente en la memoria de tan gran lectora, la bellísima imagen del castillo precioso de muchos aposentos.

Si la metáfora de la ciudad interior es de origen bíblico, no lo es menos el tema de la inhabitación divina en el alma, basado fundamentalmente, como es sabido, en textos neotestamentarios, principalmente joánicos y paulinos, aun cuando con raíces evidentes en el Antiguo Testamento. Tratado por gran número de Padres de la Iglesia y escritores espirituales, la espiritualidad que de él se deriva tiene en Santa Teresa a uno de sus principales exponentes e impulsores, y a través de ella pasa a alimentar la vivencia y la doctrina de muchas figuras —no sólo carmelitanas—, entre las que descuella modernamente su hija de hábito y de espíritu Isabel de la Trinidad.

Cabe preguntarse por qué, en las Moradas teresianas, la ciudad bíblica se convierte, casi imperceptiblemente, en castillo; y aunque varios pudieron ser los motivos que sugirieron a la santa abulense esta solución concreta, creemos que el principal es ese «rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes» que en su aposento «se deleita». Evidentemente, y más allá de otras consideraciones que habrá ocasión de tratar, la imagen del alma como un castillo resulta, en principio, más apropiada para justificar, en el terreno de lo simbólico, la presencia del Señor como Rey que la habita.

Partiendo de la cita directa de Juan (14, 2) sobre las «muchas moradas» que hay en el cielo, el castillo que es el alma del justo se convierte también —imagen dentro de imagen— en «un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites» a través de la cita indirecta de Proverbios (8, 31: «Mis delicias están con los hijos de los hombres»), es decir en un cielo terrenal y anticipado. Se produce, por lo tanto, un fecundo deslizamiento semántico entre los pares conceptuales moradas/cielo y aposentos/castillo. No debe sorprender este procedimiento de incorporación sucesiva de metáforas, típica del pensamiento y de la escritura de Teresa de Ahumada; metáforas que acuden a veces como en tropel a su pluma, convocadas por la memoria, y que dan como resultado, en lo estético, una asombrosa riqueza de imaginería que se diría muy alejada de la tradicional y tópica sobriedad castellana, y que, en lo espiritual, multiplican fecundamente los accesos de nuestro entendimiento —los portillos, por emplear nosotros también la alegoría del castillo— a la realidad mística, en una especie de lectio divina alimentada siempre por un rico sustrato bíblico.

«[…] nuestros entendimientos […] apenas deven llegar […] a comprehenderla [la hermosura y capacidad del alma], ansí como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza»: puede chocar el razonamiento, tal como se estructura la frase (como si hubiera contradicción en que podamos considerar a Dios, cuando él nos ha hecho a su imagen y semejanza), pero esta última subordinada debe ponerse quizá en relación, más que con lo que la precede directamente, con el primer miembro de la oración: «No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad, […] pues Él mesmo dice que nos crió a su imagen y semejanza». Lo mismo dirá, con otras palabras, al final del párrafo: «[…] basta decir Su Majestad que es hecha a su imagen para que apenas podamos entender la gran dignidad y hermosura del alma».

Como es sabido, «puesto que» tiene, en el español de la época de Teresa, valor adversativo, y no causal como en la actualidad, por lo que es sinónimo de «aunque».  

P. H. H.

[Entrada actualizada el 16-05-2013]

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En lenguaje de mujeres

4. Si alguna cosa dijere que no vaya conforme a lo que tiene la santa Iglesia Católica Romana, será por ignorancia y no por malicia. Esto se puede tener por cierto y que siempre estoy y estaré sujeta, por la bondad de Dios, y lo he estado a ella. Sea por siempre bendito, amén, y glorificado.

5. Díjome quien me mandó escrivir que, como estas monjas de estos monesterios de nuestra Señora del Carmen tienen necesidad de quien algunas dudas de oración las declare y que le parecía que mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras, y que con el amor que me tienen les haría más al caso lo que yo les dijese, tiene entendido por esta causa será de alguna importancia si se acierta a decir alguna cosa, y por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré.
Y porque parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas, harta merced me hará nuestro Señor si a alguna de ellas se aprovechare para alabarle algún poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa; y está muy claro que, cuando algo se atinare a decir, entenderán no es mío, pues no hay causa para ello, si no fuere tener tan poco entendimiento como yo habilidad para cosas semejantes, si el Señor, por su misericordia, no la da. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Tras la habitual y sincera protesta de fidelidad al magisterio de la Iglesia, rematada por la alabanza a Dios mediante otra elipsis, pasa la autora a revelar el contenido del encargo recibido del padre Gracián: declarar —en el sentido de ‘aclarar’, ‘esclarecer’— «algunas dudas de oración» de las carmelitas descalzas, ya que «mijor se entienden el lenguaje unas mujeres de otras». Nos hallamos aquí, —aparentemente, al menos— ante una auténtica «literatura de género», escrita por una mujer para uso de otras mujeres; eso sí, impulsada por hombres y por ellos censurada antes de alcanzar a sus destinatarias: díganlo, si no, las tan frecuentes como casi siempre inoportunas tachaduras, adiciones y aclaraciones del bueno de Gracián que jalonan el manuscrito celosamente guardado en el Carmen Descalzo de Sevilla. Y decimos que «aparentemente» porque a nadie se le escapa que, si la Santa Madre es un dechado de sinceridad a la hora de proclamar su fidelidad al magisterio eclesial, es igualmente consciente de que su «espiriencia», aun cuando escrita originaria y principalmente para instrucción de sus hermanas e hijas de hábito, puede resultar provechosa para cualquier creyente, hombre o mujer, que desee profundizar su vida de fe. Semejante consciencia aflora aquí y allá en el texto de las Moradas, sabia y prudentemente recatada bajo cláusulas restrictivas («Y como parece desatino pensar que puede hacer al caso a otras personas […]»).

Sin embargo de ello, el hecho de escribir oficialmente para sus compañeras permite y hasta aconseja a la autora una escritura que es, prácticamente, la transposición al papel de una conversación con ellas, llana y confiada: «[…] por esto iré hablando con ellas en lo que escriviré». Es inútil insistir en que gran parte del encanto del estilo teresiano se debe precisamente a esta llaneza propia del habla familiar, que fluye espontánea bajo su pluma en la inmensa mayoría de sus escritos.

El fin de su obra —y en esto, una vez más, es Teresa sincerísima— no es otro que una mayor alabanza al Señor por parte del lector: «[…] para alabarle un poquito más. Bien sabe Su Majestad que yo no pretendo otra cosa […]».

Creemos que el inciso de la última frase debe leerse e interpretarse así: «[…] pues no hay causa para ello, si no fuere tener yo tan poco entendimiento como habilidad para cosas semejantes […]».

P. H. H.

Como los pájaros que enseñan a hablar

2. Bien creo he de saber decir poco más que lo que he dicho en otras cosas que me han mandado escrivir, antes temo que han de ser casi todas las mesmas; porque ansí como los pájaros que enseñan a hablar, no saben más de lo que les muestran u oyen, y esto repiten muchas veces, soy yo al pie de la letra.
Si el Señor quisiere diga algo nuevo, Su Majestad lo dará u será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría, por tenerla tan mala, que me holgaría de atinar a algunas cosas que decían estavan bien dichas, por si se huvieren perdido.
Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el mal de cabeza por obediencia quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho.

3. Y ansí comienzo a cumplirla hoy, día de la Santísima Trenidad, año de MDLXXVII, en este monesterio de San Josef del Carmen en Toledo adonde a el presente estoy, sujetándome en todo lo que dijere a el parecer de quien me lo manda escrivir, que son personas de grandes letras. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Teme repetir contenidos sobre los que ya escribió, entre 1562 y 1564, en el Libro de la Vida y en el Camino de perfección. Y aunque, en efecto, en varias ocasiones trate en las Moradas temas ya tocados en estos, unos y otros textos se iluminan entre sí y permiten comprender mejor, hasta donde resulta posible, su experiencia espiritual hecha doctrina. Y el símil del pájaro resulta encantador, en su teresiana frescura, tan afín a la franciscana de las Florecillas.

Ya se hace presente, además, la tan frecuente elipsis característica del estilo de santa Teresa, que da a todos sus escritos ese tono de conversación familiar que es una de sus cifras más representativas y que se convierte —acaso muy a su pesar, o por lo menos de manera muy ajena a su consciencia de escritora— en un recurso estilístico tan eficaz como cautivador: «Su Majestad lo dará u será servido traerme a la memoria lo que otras veces he dicho, que aun con esto me contentaría, por tenerla tan mala […]». En el caso siguiente, la elipsis cumple funciones de enlace entre párrafos (algo nada infrecuente en los escritos teresianos): «[…] con cansarme y acrecentar el mal de cabeza por obediencia quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho. Y ansí comienzo a cumplirla hoy […]». También en casos como este último, lo involuntario del recurso estilístico no resta un ápice a su eficacia como tal.

El padre Jerónimo Gracián fue quien le pidió escribiera este nuevo libro, por haberse incautado la Inquisición de los manuscritos de la Vida dos años antes y no haber podido leerlos, y la Santa consultó la iniciativa con su confesor, Alonso Velázquez. De ahí que emplee el plural («que son personas de grandes letras»), aunque luego, en el último apartado del prólogo, se referirá en singular, sin nombrarlo, al verdadero y único impulsor de las Moradas.

Es sabida la importancia que para Teresa de Ahumada tenía el verse rodeada y aconsejada de letrados, no sólo clérigos sino también laicos. Se trata de uno de los hilos conductores de su existencia y, por consiguiente, de su escritura.

P. H. H.

La fuerza de la obediencia

JHS

ESTE TRATADO, LLAMADO «CASTILLO INTERIOR», ESCRIVIÓ TERESA DE JESÚS, MONJA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN, A SUS HERMANAS Y HIJAS LAS MONJAS CARMELITAS DESCALZAS

[PRÓLOGO]

JHS

1. Pocas cosas que me ha mandado la obediencia se me han hecho tan dificultosas como escrivir ahora cosas de oración; lo uno, porque no me parece me da el Señor espíritu para hacerlo ni deseo; lo otro, por tener la cabeza tres meses ha con un ruido y flaqueza tan grande que aun los negocios forzosos escrivo con pena. Mas entendiendo que la fuerza de la obediencia suele allanar cosas que parecen imposibles, la voluntad se determina a hacerlo muy de buena gana, aunque el natural parece que se aflige mucho; porque no me ha dado el Señor tanta virtud que el pelear con la enfermedad contina y con ocupaciones de muchas maneras se pueda hacer sin gran contradición suya. Hágalo el que ha hecho otras cosas más dificultosas por hacerme merced, en cuya misericordia confío. (Moradas del castillo interior, Prólogo)

Teresa de Jesús empieza a escribir las Moradas del castillo interior el 2 de junio de 1577 en el convento de Toledo, y en varias de las cartas que desde allí envía por aquella época menciona ese «ruido y flaqueza» de cabeza que tan difícil le hacía escribir. Así, por ejemplo, en la escrita el 27 y el 28 de febrero a su hermano Lorenzo: «Harto mijor estoy, que he tomado unas píldoras. Creo me hizo daño comenzar a ayunar la cuaresma, que no era sólo la cabeza, que me dava en el corazón. De esto estoy mucho mejor, y aun de la cabeza lo he estado dos días […]. No tenga vuestra merced pena, que poco a poco iré tomando fuerza en la cabeza» (Carta 183, 3-4); ese mismo día 28, al padre Ambrosio Mariano de San Benito: «Sepa, mi padre, que han parado las muchas cartas y ocupaciones mías tan a solas en darme un ruido y flaqueza de cabeza, y mándanme que si no fuere muy necesario, no escriva de mi letra, y ansí no me alargo» (Carta 185, 6), al que volverá a escribir el 9 de abril: «Hame dado vida la sangría a la cabeza» (Carta 189, 1). Y seguirá aquejada de ese mal durante un tiempo, como informa el 28 de junio a la madre María de San José: «Yo me estoy ruin de mi cabeza […]. El [achaque] de mi cabeza, lo que tengo de mejoría es no tener tanta flaqueza, que puedo escribir y trabajar con ella más que suelo; mas el ruido está en un ser y harto penoso, y ansí escrivo de mano ajena, si no es cosa secreta, a todas, u forzosas cartas con quien he de cumplir» (Carta 196, 3. 5).

P. H. H.

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