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La puerta para entrar en el castillo

7. Porque a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración; no digo más mental que vocal, que como sea oración ha de ser con consideración. Porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labrios. Porque aunque algunas veces sí será [oración] aunque no lleve este cuidado —mas es haviéndole llevado otras—, mas quien tuviese de costumbre hablar con la majestad de Dios como hablaría con su esclavo, que ni mira si dice mal, sino lo que se le viene a la boca y tiene deprendido por hacerlo otras veces, no la tengo por oración, ni plega a Dios que ningún cristiano la tenga de esta suerte. Que entre vosotras, hermanas, espero en Su Majestad no la havrá, por la costumbre que hay de tratar de cosas interiores, que es harto bueno para no caer en semejante bestialidad. (Moradas del castillo interior, I, 1, 7)

Del hecho de que nuestro castillo interior es habitado por Dios se desprende que la puerta que nos permite penetrar en él es la oración, es decir el hablar con él. Poco importa que se trate de oración mental o vocal, con tal de que en ninguna de estas dos modalidades falte la «consideración», es decir el advertir «con quién [se] habla», «lo que [se] pide», «quién es quien pide» y «a quién» lo pide. Estos cuatro puntos de atención se reducen, en realidad, a tres: el orante, el contenido de la oración y el destinatario de ésta.

Ya en Camino de perfección había la Santa recordado a sus hijas la necesidad de considerar quiénes son los dos interlocutores de la oración: «Mas si havéis de estar —como es razón se esté— hablando con tan gran Señor, que es bien estéis mirando con quién habláis y quién sois vos» (22, 1 [Vall.]); «¿Quién puede decir es mal, si comenzamos a rezar las Horas u el rosario, que comience a pensar con quién va a hablar y quién es el el que habla, para ver cómo le ha de tratar?» (22, 3 [Vall.]); «Sí, llegaos a pensar y entender, en llegando, con quién vais a hablar, u con quién estáis hablando» (22, 7 [Vall.]). Y si, para precisar cómo no hay que hablar a «la majestad de Dios», toma prestada aquí Teresa, del mundo que la rodea, la imagen del esclavo, al que su amo habla sin mirar «si dice mal, sino lo que se le viene a la boca» y tiene aprendido «por hacerlo otras veces», en Camino de perfección será el labrador el que proporcione el mismo término de comparación: «Sí, que no hemos de llegar a hablar a un príncipe con el descuido que a un labrador, u como con una pobre como nosotras, que comoquiera que nos hablaren va bien» (ibíd.). (No estará de más recordar, a este respecto, y aunque ello suponga desviarnos un tanto del contenido del párrafo que intentamos glosar, que nuestra santa, hablando de su padre al principio del Libro de la Vida, declara admirativamente: «Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piadad […] aun con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piadad; y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalava como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piadad» (1, 2); por otra parte, el espléndido Epistolario teresiano constituye un testimonio irrefutable de la maestría de Teresa de Ahumada a la hora de dirigirse a toda clase de personas —desde la «sacra católica cesárea real majestad del rey nuestro señor Felipe II» (Carta 51) hasta Alonso Venegrilla, rentero de Gotarrendura (Carta 1)— hablando a cada una de ellas con las fórmulas que le correspondía según los estrictos cánones de la época y, sobre todo, con el lenguaje propio de su interlocutor).

En resumidas cuentas, si, unos párrafos antes, Teresa había definido «bestialidad» el no procurar saber «qué cosa somos», aquí emplea el mismo término para calificar la actitud de quien, al dirigirse en la oración al Dios que lo habita, «no advierte con quién habla».

En el ya citado capítulo de Camino de perfección, también había despejado la Santa las dudas acerca de la relación entre oración vocal y mental: «Sabed, hijas, que no está la falta para ser u no ser oración mental en tener cerrada la boca; si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que en las palabras que digo, junto está oración mental y vocal» (22, 1 [Vall.]); «Yo he de poner siempre junta oración mental con la vocal» (22, 3 [Vall.]). En el presente pasaje de las Moradas del castillo interior, deja sin embargo la santa Doctora un resquicio para algunos casos en que la oración vocal, acompañada de la correspondiente consideración o atención a lo que se está diciendo, desemboca, previsiblemente mediante un ejercicio continuado y habitual y, por lo tanto, interiorizado, en una oración que no precisa ya de ese «cuidado»: se trata, verosímilmente, de un tipo de oración asimilable a la plegaria hesicasta de la Oración de Jesús, difundida en Occidente principalmente a través de los Relatos de un peregrino ruso.

P. H. H.

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