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Las almas muy metidas en el mundo

8. Pues no hablemos con estas almas tullidas, que si no viene el mesmo Señor a mandarlas se levanten, como al que havía treinta años que estava en la piscina, tienen harta mala ventura y gran peligro, sino con otras almas que en fin entran en el castillo. Porque aunque están muy metidas en el mundo, tienen buenos deseos y alguna vez —aunque de tarde en tarde— se encomiendan a nuestro Señor y consideran quién son, aunque no muy despacio. Alguna vez en un mes rezan llenos de mil negocios, el pensamiento casi lo ordinario en esto, porque están tan asidos a ellos, que como adonde está su tesoro se va allá el corazón, ponen por sí algunas veces de desocuparse, y es gran cosa el propio conocimiento y ver que no van bien para atinar a la puerta. En fin, entran en las primeras piezas de las bajas; mas entran con ellos tantas savandijas, que ni le dejan ver la hermosura del castillo ni sosegar; harto hace en haver entrado.

9.  Pareceros ha, hijas, que es esto impertinente, pues por la bondad del Señor no sois de éstas. Havéis de tener paciencia, porque no sabré dar a entender como yo tengo entendido algunas cosas interiores de oración, si no es ansí, y aun plega a el Señor que atine a decir algo; porque es bien dificultoso lo que querría daros a entender, si no hay espiriencia; si la hay, veréis que no se puede hacer menos de tocar en lo que, plega a el Señor, no nos toque por su misericordia. 

Descarta definitivamente la autora seguir tratando de las «almas tullidas», a las que se había referido antes, y recurre al episodio evangélico de la curación del paralítico de la piscina de Betesda (Jn 5, 1-15) para asegurar que sólo la intervención directa del «mesmo Señor» puede levantarlas para que entren en el castillo interior por la puerta de la oración. En cierta medida, al decir esto, parece contradecir lo que había afirmado unos párrafos antes («Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria…»), pero ha de entenderse que es siempre la inspiración divina la que genera en ellas el conocimiento de su miseria y el afán por salir de ésta; una inspiración a la que pueden libremente responder o sustraerse.

Y pasa Teresa a tratar de otras almas, también «muy metidas en el mundo» (las tullidas estaban «mostradas a estarse en cosas esteriores»), pero que «tienen buenos deseos» y de vez en cuando «se encomiendan al Señor» y «consideran quién son», si bien no muy pormenorizadamente. Atinadamente la Santa les aplica la frase de Jesús a propósito de los ricos y de sus preocupaciones: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6, 21); pero algunas veces caen la cuenta de que «no van bien» y gracias a este «conocimiento» de sí se esfuerzan por «desocuparse» y dan con la puerta de la oración, entrando así en las «primeras piezas de las bajas», o sea en los aposentos más externos y alejados del centro del castillo. Y aunque con ellas resulte inevitable que entren las «savandijas» de sus mil preocupaciones, «harto hacen en haver entrado».

Aun cuando sus hijas y compañeras, al no vivir en el siglo, no pertenezcan a esta categoría de almas volcadas en mil preocupaciones exteriores, la santa Doctora declara que es pertinente que trate de estas últimas, con el fin de «dar a entender» esas «cosas interiores de oración» que constituyen el motivo de su libro. Y, una vez más, reitera la importancia de la «espiriencia» para comprenderlas.

P. H. H.

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Las almas tullidas

6. Decíame poco ha un gran letrado que son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía u tollido, que aunque tienen pies y manos, no los pueden mandar. Que ansí son, que hay almas tan enfermas y mostradas a estarse en cosas esteriores, que no hay remedio ni parece que pueden entrar dentro de sí; porque ya la costumbre la tiene tal de haver siempre tratado con las savandijas y bestias que están en el cerco del castillo, que ya casi está hecha como ellas, y con ser de natural tan rica y poder tener su conversación no menos que con Dios, no hay remedio. 
Y si estas almas no procuran entender y remediar su gran miseria, quedarse han hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí, ansí como lo quedó la mujer de Lod por volverla. (Moradas del castillo interior, I, 1, 6)

Hay personas que, de puro volcadas en el exterior, «ni parece que pueden entrar dentro de sí» para «poder tener» allí «su conversación no menos que con Dios», pues en esto estriban la oración y la vida interior: en una conversación con Dios que nos habita. Introduce aquí la Santa el «cerco», otro sinónimo de la «ronda», «engaste u cerca» que rodea nuestro castillo interior, es decir del cuerpo concebido exclusivamente en su apariencia física y exterior, y no como parte integrante del único ser humano. Nótese como dentro de la misma frase pasa, al hablar de estas almas, del plural («hay almas tan enfermas») al singular («que ya casi está hecha como ellas»).

Curiosa y llamativa es la forma con que la autora recurre a la imagen bíblica de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal al volver la cabeza a contemplar la destrucción de Sodoma y Gomorra (Gén 19, 26), asimilando a ella a las almas que no la vuelven «hacia sí», o sea que no entran en su castillo interior a través de la oración. No pretende aquí Teresa hacer una exégesis del episodio bíblico, sino simplemente tomar prestada una expresiva imagen del rico repertorio que la Escritura, principalmente a través de la liturgia y de los libros espirituales —aunque nunca hay que olvidar, en la Castilla de su época, la gran aportación de las artes plásticas—, ponía al alcance de sus monjas: y pocas imágenes lograrían expresar la privación o disminución del movimiento implícita en la «perlesía» con tanta elocuencia como la estatua de sal. Además, el empleo teresiano de tan elocuente icono parece coincidir con el que otro libro del Antiguo Testamento hace del episodio del Génesis: en el Libro de la Sabiduría, la estatua de sal en que se convirtió la mujer de Lot «se yergue como monumento al alma incrédula» (10, 7): y no otra cosa parece ser la que, de puro derramada «en el cerco del castillo», acaba ignorando su propio interior.

P. H. H.

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